Quizá esta historia sea un poco larga, pero quiero retratar lo mejor posible mi viaje de descubrimiento hacia uno de los tesoros de mi adolescencia, cuya influencia dura hasta el día de hoy, y se extenderá cada vez que escriba en mi blog. En este o en cualquier otro que pueda crear.
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Año 2000. Era yo una niña baja, más bien rellena. Ya tenía pechugas pero la gordura lograba que no se notaran. Era cejona, usaba el pelo largo y los bigotes oscurecían el espacio de piel entre la nariz y el labio superior.
En el verano de 2001 había pasado a séptimo y me pegué un “estirón”. Comencé a creerme grande y ya no me agradaba mi aspecto de niña. Como crecí, también adelgacé. No me depilé los bigotes, pero sí las cejas y me corté el pelo. Corto-corto. Como hombre. Nunca he sido muy femenina que digamos, aunque mis fotos hagan pensar lo contrario.